RINCONES DESCONOCIDOS, GRANDES PROTAGONISTAS

En los vastos territorios de la provincia de Buenos Aires se esconden historias de hombres y mujeres anudados a su tierra. Sobrevivientes de la diáspora del campo, guardianes de un mundo que se desvanece, testigos de los ciclos naturales, trabajadores. De ellos trata la muestra fotográfica que desde este jueves y hasta fin de mes se exhibe en el Salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados provincial: “Rincones desconocidos, grandes protagonistas”.

La Plata, 19/09/2019


La exposición es el resultado de una producción institucional de la HCD que rescata y visibiliza la historia de parajes perdidos en los interminables caminos rurales, pueblos sencillos detenidos en el tiempo y sus habitantes emblema, poniendo en valor la riqueza natural, histórica, cultural y patrimonial bonaerense.

Como por ejemplo, el almacén de Ramos Generales Sol de Mayo, ubicado sobre la ruta 63 en el partido de Dolores, en lo que en su momento fue el camino real –aquellas huellas anchas que antaño hacían las galeras- hacia la ría de Ajó y la costa. Conservado como pocos, el almacén guarda la historia de 130 años de vida gauchesca. Hoy es también un comedor de campo en el que turistas y paisanos degustan asados memorables, y está a cargo de Miguel, hijo de Don Santos Aníbal Quinteros y Olinda Haydé Moreni, sus propietarios desde hace más de cuatro décadas.

En otro rincón del mapa bonaerense sobrevive otro almacén con aires míticos: el Beladrich, en el paraje homónimo. Se dice que por allí pasó San Martín en 1813 y que fue la fuente de inspiración del pintor y dibujante del campo por antonomasia, Florencio Molina Campos. Allí, en el límite entre San Pedro y Arrecifes, hoy el treintañero Matías Fegan está a cargo del boliche, punto de encuentro ineludible de la gauchada, que comienza a caer por las tardes junto con el sol.

Solanet, un pueblo de 50 habitantes en el partido de Ayacucho, guarda otra historia destacada de la identidad bonaerense. Lleva el nombre de la familia que lo fundó y aún tiene su estancia –El Cardal- en la zona. Allí Oscar mantiene viva la memoria de su padre Emilio, un dedicado veterinario responsable de la recuperación y mejoramiento de los caballos criollos, fuertes y resistentes, cuyo linaje inició a partir de unos reproductores comprados a los tehuelches. Esa fue la cuna de Gato y Mancha, los caballos con los que el suizo Aimé Félix Tschiffely hizo el legendario viaje con el que unieron, entre 1925 y 1928, los más de 21 mil kilómetros entre Buenos Aires y Nueva York.




Un kilometraje al que no tiene nada que envidiarle Don Pedro Francisco, quien a sus 80 y pico sigue repartiendo leche en carreta, una rutina que mantiene desde sus 17 años. Se levanta antes del amanecer, ordeña y sale en su vehículo a recorrer la aridez de Hilario Ascasubi, una localidad de más de tres mil habitantes en Villarino, bien al sur de la provincia. Don Pedro es parte de la identidad del pueblo, al que llegó cuando apenas había dos o tres casas y aún no se habían abierto los canales del río Colorado. Allí varias generaciones se han alimentado con su leche “pura, sana y natural”. Una persistencia que la valió el reconocimiento municipal: en 2014 le entregaron una placa en reconocimiento a su oficio.

Yendo más al norte casi en línea recta, llegamos a Epecuén, la villa turística fantasma del partido de Adolfo Alsina. Allí vive, llegando a los 90 y en completa soledad, Pablo Novak. Cuando en 1985 el lago Epecuén desbordó y los 1500 habitantes tuvieron que dejar sus casas, él decidió quedarse. Esas aguas hipersalinas, consideradas milagrosas y que atraían a unos 25 mil turistas cada verano, se tragaron el pueblo y tardaron más de una década en bajar. Hoy, las ruinas del antiguo caserío, teñidas de blanco por el salitre, conforman una escenografía de ensueño que da marco a la existencia de este hombre que vive como detenido en el tiempo: sin luz, con apenas una cocina económica a leña, un farol y una radio a pilas que lo conecta al mundo, como el viejo celular que sus hijos lo han obligado a tener.

De allí, por la ruta 65, se llega al partido de Bolívar. A 33 kilómetros de su cabecera, y por caminos de tierra, la Pulpería Mira-Mar alimenta a los parroquianos atendida por sus propios dueños desde 1882. La familia Urrutia se asentó en este paraje en 1870 y allí atravesó tres siglos. Fue el bisabuelo de Juan Carlos, el actual pulpero, quien la levantó sobre el camino real y también quien dio nombre al paraje, inspirado por la melancolía. Es que añoraba su pueblo natal frente al mar Cantábrico, y pasaba las horas contemplando una laguna cercana, como mirando el mar. Hoy la pulpería, una de las pocas sobrevivientes, es un tesoro convertido también en museo al que llegan turistas y locales.

También se rescata en esta muestra dos historias vinculadas a la literatura: la de César Lámaro y su boliche en Pardo, y la de Julio, dueño del Bar Tito en María Ignacia.

César Lámaro atiende un almacén de ramos generales en esta localidad del partido de Las Flores; “uno de los pueblos más bellos del mundo”, para Adolfo Bioy Casares. Frente al caserío, su familia tenía estancia y tanto él como Silvina Ocampo y, eventualmente, su amigo Jorge Luis Borges pasaban los veranos, en un ambiente ideal para escribir. “Soy un hombre afortunado, le he servido café a Borges”, dice César, quien era muy joven cuando comenzó a trabajar en el mismo almacén que hoy atiende y compartía charlas con el escritor mientras éste esperaba que la operadora telefónica lo comunicara desde el único aparato que en ese entonces había en kilómetros a la redonda.

En tanto, María Ignacia fue el pueblo ficcionalizado por Osvaldo Soriano en No habrá más penas ni olvido, al que rebautizó Colonia VelaJulio lo recuerda en este bar frente a la estación, tres días enteros sentando al lado de la ventana, escribiendo. Es el hijo de Tito Alegre, del que heredó el negocio. Soriano eligió para inspirarse esta localidad de Tandil que en su mayor esplendor llegó a tener seis mil habitantes, cincuenta bares y cinco cabarets, y aún mantiene, firme y despreocupado, el hábito del bar: todo se corta al mediodía para tomar un vermouth, al que sigue el almuerzo y la siesta infaltable.

Entre tantas historias de hombres y tradición destaca la de Andrea Ferreyra que, más que mantener viva la memoria, impulsa, con su energía, lo nuevo: es la responsable de que López Lecube, un caserío de 30 habitantes en el sur de Puan, tenga sala sanitaria por primera vez en más de un siglo. Andrea vive a unos kilómetros, en Felipe Solá, y estudió enfermería con un objetivo claro: ejercer en esta pequeña isla perdida en la vastedad de la pampa. Ella misma restauró una tapera para convertirla en salita. Luego consideró que era hora que el pueblo tuviera plaza: reunió a algunos vecinos, desmalezaron, pusieron juegos, plantaron árboles, y la plaza se hizo realidad. Andrea agita con su entusiasmo la vida del lugar, que como tantos en el interior provincial pasaron del esplendor a la convalecencia cuando dejó de pasar el tren, y atiende, con vocación de servicio, las necesidades de la comunidad.

La muestra estará disponible hasta fin de mes y puede visitarse de lunes a viernes de 8 a 20 en el Salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados (53 entre 7 y 8), con entrada libre y gratuita.