ESTEBAN MARCONI, UN OBRERO DEL ARTE

Esteban es autor de la muestra que actualmente puede visitarse en el Salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados. Es pintor, ilustrador, dibujante, animador, escenógrafo y docente. “Un verdadero hombre-orquesta” se autodefine. Su obra se encuadra en el realismo social contemporáneo.

La Plata, 01/10/2019


Nos recibe en “La Libertad–Fábrica de artistas”, su escuela y taller en la calle 63 desde hace 15 años. Mientras el sol se cuela por las ventanas que dan al patio anterior, ofrece mate y nos muestra el lugar: una sala con varias mesas atiborrada de cuadros de sus estudiantes, libros, lápices, gomas, pinceles y paletas, coronada por un gran círculo cromático pintado en el techo. En otra aula contigua, gobernada por un gran monitor, enseña animación. Hay también una cocina-comedor muy amplia con algunas de sus obras colgadas.

El recorrido sigue por una vitrina especial, ahí están sus discos de "La 25" -la banda de rock de la que es escenógrafo e ilustrador desde hace 14 años- y una copia de la película “Gelbard. La historia secreta del último burqués nacional”, para la que hizo su primer trabajo profesional. “Gracias a ella salí un poco de la marginalidad” reconoce mientras recuerda el desafío de retratar el encuentro del que sería ministro de economía y Juan Domingo Perón. En otro estante una serie de fotos de las gloriosas Kombis WV, un reloj derretido como los de Dalí y una locomotora de juguete que nos sugieren algunas de sus pasiones.

“La Libertad por la libertad de ser artista, con lo difícil que es una elección de esta calaña. La libertad de elegir lo que uno ama e ir por ese camino” dice sobre el nombre de su espacio. “Fábrica de artistas vino después, con los alumnos más viejos. No por la idea de que los artistas van a salir producidos en serie, sino porque somos obreros del arte quienes trabajamos en esta fábrica”.

Para Esteban, el artista tiene que trabajar como un obrero. “Si la inspiración llega, mejor. Pero esta disciplina requiere que uno todos los días tenga un entrenamiento, y para entrenar no hace falta inspiración, hay que ha-cer” subraya. Trae, de algún modo, ese mandato: Yo tuve la suerte de que mi viejo sea mi viejo y que me diga ‘¿querés ser artista? bárbaro, hacé lo que quieras pero trabajá por eso’. Tuve una educación muy severa, para ser libre pero muy estricta, nunca me dejaron en paz. Si no fuera por mi padre nunca hubiera terminado el secundario... ¡ni lo hubiera empezado!”, se ríe.

De chico vivía en Magdalena pero el secundario lo hizo en La Plata, viajando diariamente. Tuvo la posibilidad de ingresar en el bachillerato de Bellas Artes y se mandó. Sacrificio es la palabra recurrente para explicar aquella experiencia. “Toda esa historia me marcó porque yo sabía que mis viejos no me podían bancar, hicieron un esfuerzo enorme, ellos hipotecaron un poco su vida por la mía. También fue un sacrificio enorme mío porque yo a los 13 años estaba haciendo prácticamente la vida que hace un pibe que se viene del interior a estudiar a los 18. Yo entendí –ellos me lo hicieron entender- que tenía que ser responsable. Mi forma de devolver lo que me dieron es esforzándome” dice, a modo de explicación de esa disciplina autoimpuesta con el trabajo.




No sabe de dónde viene su inclinación por el arte, no había artistas en la familia pero él tuvo claro desde chico que la pintura era su camino. “Elegí esto porque en su momento hice un montonazo de cosas y no me iba bien. Ni en los deportes, ni en nada. Entonces me metí a pintar y eso me fue absorbiendo y no hubo más pensamientos. Tuve suerte, llegué y me sentí feliz ahí y siempre seguí en esto. Tengo mucha suerte de haber encontrado este camino a los diez años, nunca cambié, nunca hubo una duda.”

De algún modo ese camino que abrió también generó otro universo de posibilidades para sus tres hermanos menores, que también se dedican al arte: Andrés y Candela son músicos y Estefanía actriz. Los cuatro comparten también el placer por la docencia. “Es la vocación de servicio. Para mí tiene que estar, hay que tratar de darle al otro lo que uno tiene” asegura, pero aclara: “yo soy un poco resentido de la educación artística, he visto mucho divismo y eso es sumamente nocivo. Creo que si das clases tus alumnos tienen que ser mejor que vos”.

Algo debe haber en su amor por la docencia porque por su taller transitan unos ochenta alumnos y alumnas de todas las edades que se mezclan en los diferentes grupos, en los que puede haber niños de 4 con adultos de 75. Le encanta la frescura y la energía que aportan los más chicos, a los que les da mucho protagonismo, “porque en el fondo son los únicos verdaderos, los adultos somos grandes engañadores” sostiene. Pero también es crítico y estricto con cuestiones vinculadas a la tecnología “vienen muchos chiquitos con teléfono y lo primero que hago es sacárselos. También reprimo cosas que no están buenas como la play. No sé si está bien, pero para mí es muy negativa, no sólo les come el cerebro y hace que no se puedan dormir sino que no están viviendo en realidad. Y hay tantas cosas hermosísimas…”, se lamenta. “Los pintores somos personas que necesitamos ver cosas, no una pantalla. Entonces a los chicos trato de sacarlos de todo ese mundo para que miren, para que vean la realidad”.

Esa realidad que él percibe en sus aspectos más duros y, a la vez, moviliza su arte “me gustan las imágenes apocalípticas y Argentina, lamentablemente, tiene cada día más imágenes apocalípticas” sentencia mientras recuerda, paradójicamente, una pintura de fines del 1800 emblema del arte argentino: "Sin Pan y Sin Trabajo" de Ernésto de la Cárcova. “Es una de las pinturas más hermosas que he visto. Sumamente bella y sumamente fea también” describe para ilustrar lo que considera su verdadera musa inspiradora: la belleza de lo feo.

Admirador de los impresionistas, se siente conectado con el realismo social y el naturalismo, movimientos en los que los pintores empiezan a salir de sus estudios y a pintar en la naturaleza. “Ese momento de la historia en el que también comienzan a verse con claridad las consecuencias de la revolución industrial: los marginados, los pobres, la gente aglutinada en los barrios humildes. Todo eso es para mí sumamente inspirador.” Esa mirada es la que proyecta en su obra, en la que denuncia el abandono, la indolencia y la desidia. Ya sea en los ojos de un niño cuyo destino de cartonero parece sellado o en los paisajes ferroviarios de estaciones y vagones solitarios.

Por los trenes siente una fascinación que le resulta inexplicable, además de ver en ellos una metáfora de nuestro destino como país: “Me parece fuertísimo que algo que representaba el progreso hoy esté así de pisoteado... es tremendo, no lo puedo concebir” se queja. “Pero no te puedo explicar por qué me gustan, a mí me conmueven estas cosas. Me gusta caminar en las vías muertas, pintar estaciones abandonadas, puedo pasar horas ahí.”

Ese encanto que le producen es el que hoy comparte en la decena de obras de gran formato que exhibe en el hall de Diputados (53 entre 7 y 8). Hasta el 14 de octubre de lunes a viernes de 8 a 20 con entrada libre y gratuita.